
¡Bendito!
Es increíble lo que el internet ha hecho en un poco más de quince años. Podemos conocer gente, comunicarnos con aquéllos que pensábamos olvidados, encontrar direcciones, mapas, fotos, comprar… Infinidad de cosas. Todo esto, sin embargo, es muy triste cuando, a través de ondas radiales filtradas por las conexiones mágicas se oyen noticias como los arrestos que esta mañana comenzaron en Puerto Rico.
Después de dos años de investigación, a una semana de la renuncia de Spitzer, a un par de días de las acusaciones de perjurio al alcalde de Michigan, los federales toman mano del caso puertorriqueño y comienzan a arrestar a funcionarios desde temprano en la mañana. No se puede decir que fue una sorpresa. No lo fue. Se estaba esperando desde hacía mucho, y muchos, seguramente, pensaron que el caso se había olvidado. La maquinaria legal en Estados Unidos, sin embargo, funciona a base de estrategias sutiles y sorpresivas. Pacientemente, esperan y rondan, reúnen la evidencia para caer, súbitamente, sobre su presa. Si cayó Enron, si, esquinado, Spitzer renunció, funcionarios de la última colonia del mundo van a ser pececitos en el agua del mar federal que son fáciles de atrapar.
Es muy triste. Es la primera vez que veo a mi esposo casi llorar por su país. Es confirmar las limitaciones políticas de la isla, la necesidad de un cambio profundo que al parecer no quiere llegar, marcar más el trauma identitario -¿quién los va a dirigir?- y avergonzar al pueblo de Puerto Rico frente al mundo- ¿por quiénes votan la gente de ese país?-. Si ya las mentes preparadas han salido de la isla, ahora volarán más alto y, definitivamente, no regresarán.
Notiuno tiene un festín. Han corroborado lo que llevan anunciando desde hace más de un año. Ojalá y no se hubiese confirmado. No es lo mismo llamar al diablo que verlo venir, y ahora que está allí, en las puertas de la Fortaleza y en un tumulto en el edificio federal, da pena, mucha pena, la situación. Sólo queda decir lo que decimos siempre y en espera de mejores noticias: ¡Ay bendito, Puerto Rico!
“Debo ser franco: para mí ese país es el mejor de la tierra, y son mis compatriotas mis hermanos. Tú celebras en mí este movimiento de afecto; pero me hablas de las tormentas y las marejadas. Sí; veo claro. Mis hermanos flotan en las tormentas de un difícil renacimiento. ¿Qué quisieran? Una patria libre, una patria redimida por la convicción o por la sangre, una patria que imitara las heroicidades de esas otras que sacudieron el yugo que las humillaba. Mis hermanos quisieran eso, pero dudan de sí mismos; temen la derrota, les espanta el desastre”. – La charca, Manuel Zeno Gandía



